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Es otro mundo y son nuevos retos

Desde finales de la segunda guerra mundial dos modelos económicos y políticos absolutamente divergentes confluyeron en el marco de la guerra fría. Después de la caída de la Unión Soviética avanzaron las conversaciones y los acuerdos. Se produjo un aumento inusitado en la globalización, el comercio, la inversión, la concentración y centralización del capital, así como la flexibilización de los derechos laborales y se impuso un pensamiento único.

Hoy, ese statu quo se encuentra en una profunda crisis puesto que la China y los E.U se encuentran a punto de una ruptura comercial. Adicionalmente, con el COVID-19, se ralentiza la globalización y se desnudan sus profundas carencias en distribución del ingreso, equidad y cumplimiento de los derechos fundamentales a la salud, la educación y el empleo. El modelo dominante colapsó.

Los EE. UU. son ahora proteccionistas, limitan como nunca la circulación de personas que puedan afectar su producción y empleo, le dan la espalda al multilateralismo y defienden sus acuerdos bilaterales de seguridad jurídica cuasi-absoluta a la inversión y propiedad intelectual y, como consecuencia, favorecen el abuso de su posición dominante en los mercados.

Europa, por su parte, fortalece su mercado ampliado, gasta los ingentes recursos fiscales comunitarios, importando solamente lo necesario de los países en desarrollo, especialmente commodities. Aplica su propio Plan Marshall para demandar sus producciones de bienes y servicios, promover el empleo y defender el estado de bienestar.

China prioriza la demanda de su producción de bienes y servicios en el mercado interno, importando commodities y alimentos, exportando menos bienes finales y más bienes intermedios, protegiendo sus inversiones y préstamos en el mundo y en Latinoamérica. Es el país mejor preparado para la pospandemia.

Brasil y México de espaldas a la realidad, desordenados y sin norte, así como una Argentina ahogada por las deudas. Un Mercosur en crisis y una integración económica y social cada vez más débil. Por su parte, la Comunidad Andina mantiene su zona de libre comercio, pero con un mercado ampliado pequeño, sin política comercial externa y perdida en el mar de sus mal negociados acuerdos bilaterales con los países desarrollados.

Entre tanto, las profundas diferencias políticas e ideológicas entre los gobiernos de Colombia y Venezuela han condenado a la pobreza, la ilegalidad, el contrabando, la corrupción y la migración desordenada y caótica a los ciudadanos de los dos países, en especial en la frontera.

Parecería absurdo no buscar soluciones inmediatas que permitan el fortalecimiento de la complementación productiva y de inversiones entre nuestros países; esto implicaría grandeza de nuestros estadistas, en las que a partir de las directrices de los gobiernos centrales, se autorice a los gobiernos regionales para adelantar acuerdos de circulación ordenada de mercancías y servicios que respondan a la solución de las carencias alimentarias, de salud ,materias primas, insumos y que contribuyan a ordenar los riesgos de una situación absurda de la migración pendular y estructural. No podemos seguir colocando palos en la rueda y contenedores a la necesaria integración entre dos sociedades que inevitablemente deberán confluir en su desarrollo conjunto y sostenible.

Fuente: Portafolio

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